A favor de la filosofía
Por Fernando Savater. Filósofo
Sin duda hoy la filosofía no es la chica más guapa de la clase ni
tampoco la más popular. Pierde horas en los planes de estudio y para
colmo se la empareja en algunos cursos con ciudadanía, lo cual es el
mejor modo de fastidiar por igual ambas materias.
Yo creo que uno de los problemas principales del estudio de la
filosofía es lograr entender de qué va o, mejor, cogerle la gracia:
como los chistes. No es tan fácil. Isaiah Berlin empezó su vida
académica como filósofo (era uno de los discípulos predilectos de
Wittgenstein) pero luego dejó este primer amor para dedicarse a la
historia de las ideas; cuando se le preguntó por las razones de tal
cambio, repuso: "Es que quiero estudiar algo de lo que al final pueda
saber más que al principio".
En efecto, la filosofía trata de cuestiones no instrumentales –como
las que se plantea la ciencia– y que por tanto nunca pueden ser
definitivamente solventadas: sus respuestas ayudan a convivir con las
preguntas, pero nunca las cancelan. De ahí que quienes aconsejan con
impaciencia a los filósofos acogerse a la psicología evolutiva o a las
neurociencias sencillamente no entienden el chiste ni ven la gracia al
asunto. Como bien indica Giacomo Marramao en Kairós (Editorial Gedisa),
"las interrogaciones filosóficas se sirven de la experiencia y no del
experimento, y por ello solo pueden utilizarse en los símbolos,
metáforas, palabras clave con las cuales intentamos conocer la realidad
en que vivimos".
Quizá la mejor caracterización de la inquietud filosófica es señalar
que se ocupa de "las interrogaciones que a todos nos conciernen", no en
cuanto preocupados por tal o cual sector del conocimiento, sino en lo
que toca a nuestro común oficio de vivir como humanos. Este es el
planteamiento básico sustentado por Víctor Gómez Pin en su "Filosofía"
(Gran Austral, editorial Espasa Calpe), una introducción general a la
materia que puede resultar ardua para quien apetezca simplificaciones
de manual pero que resulta provechosa a cuantos crean que lo importante
siempre resulta también exigente.
Gómez Pin no rehúye partir de los avances de la matemática y otras
ciencias, pero busca sin cesar establecer ese nivel común a la
inquietud humana general que es propiamente filosófico. Porque no debe
olvidarse –como bien dice Odo Marquard– que el filósofo no es un
experto, sino quien dobla al experto: el especialista para escenas de
peligro.
Otro camino de acercarse al chiste filosófico pasa a través de la
vida y obra de algunos grandes pensadores. Las ediciones Marbot, que
han iniciado recientemente con acierto y buen gusto su andadura,
proponen dos libros excelentes a tal propósito. Cada uno de ellos está
centrado en un filósofo, desde enfoques muy distintos aunque ambos bien
logrados. El Séneca, de Paul Veyne, historiador del mundo clásico que
estuvo muy vinculado intelectualmente a Michel Foucault, es un estudio
magistral de la vida, obra y época del pensador nacido en la Córdoba
primitiva. Nos narra la trayectoria humanísima y por tanto a veces
contradictoria de un indagador preocupado con esa gran molestia
intelectual y práctica: la dificultad de habitar el mundo sabiéndose
mortal.
En los días de Séneca, ser filósofo no era escribir tratados de
filosofía ni mucho menos dar cursos de esa materia, sino vivir de un
modo determinado: con deliberación y conciencia, luchando contra la
rutina mimética que todo lo arrastra y nada se pregunta. Por otra
parte, el Spinoza, de Alain, prescinde de la parafernalia historicista
y de la mirada externa de comentador: resume en un inigualable
prontuario lo esencial del pensamiento del valiente sabio judío como si
fuera él mismo quien hablase sin intermediarios ni distancia académica.
Durante muchos años, el libro de Alain ha constituido la base de
gran parte de mis cursos y también –ayer como hoy– del pensamiento
que me ayuda a vivir. Por suerte, la filosofía es una tradición de la
que no debemos renunciar a nada: pero si debo quedarme con un solo
compañero filosófico, que me dejen con Spinoza.
La filosofía nace con la democracia y representa en el terreno
intelectual lo mismo que ella en el político: la autonomía del
individuo pensante frente a las veneraciones inapelables establecidas.
Quienes por razones espuriamente funcionales tratan de disminuir hoy su
peso en la enseñanza, pretenden sin duda también la sumisión al poder
incuestionado y no la mera eficacia laboral.