Filosofia amb nens: un exemple pràctic

Un exemple pràctic de filsofia amb nens a càrrec de l'Òscar Brenifier:

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Us presento un enllaç força interessant.

Navegant pel web he trobat un site prou interessant, es tracta del web de la SOCIEDAD PERUANA DE CONSEJERÍA FILOSÓFICA Y PRÁCTICA FILOSÓFICA (SOPECPRAFIL).

Penso que hauríem d'aprendre una mica tots plegats d'aquest lloc web, per dos motius essencials:

  1. Perquè treballen (nota benne per a AFPC)
  2. Perquè pengen continguts a l'abast de tothom (nota benne per a AFPC, ASEPRAF i ETOR)
  3. En castellà diuen que "a buen entendor pocas palabras bastan".

Visiteu-lo perquè paga la pena.

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Video d’una consulta filosòfica d’Òscar Brenifier

Us pujo un video d'una consulta filosòfica realitzada per l'Òscar Brenifier.

¿Como podría llevarse a cabo diálogos racionales en la vida diaria?

 

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Per prendre una decisió, necessites tota la informació possible

Fa poc navegant pel web, em vaig trobar un anuncia que resava tal com diu el títol de l'article. Jo hi afegiria "per prendre la millor decisió", no és qüestió simplement, de prendre una (qualsevol) decisió, sinó quina és la millor decisió. Aquí rau el quid de la qüestió, com poden estar segurs que apostem per la millor solució?

 

La resposta és que no ho sabem. Saber quina és la millor opció equivaldria a veure el futur, la millor opció seria aquella que sigués més sostenible al nivell de temps. Podem preveure el futur?

Potser no és l'exercici del pensament una previsió del futur, no és llençar la reflexió a terres ignotes?

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Video de Christopher Phillips i Cecilia Chapa sobre diàleg socràtic

¿Por qué dialogar? y ¿Cómo llevar un diálogo socrático exitoso?
Conferencia
¿Por qué dialogar? y ¿Cómo llevar un diálogo socrático exitoso?
Christopher Phillips, Cecilia Chapa

Universidad Francisco Marroquín

Guatemala
¿Por qué dialogar? y ¿Cómo llevar un diálogo socrático exitoso?

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Video de Ran Lahav sobre la Pràctica Filosòfica

Molt interessant testimoni de Ran Lahav en el què fa tota una declaració d'intencions sobre la práctica filosòfica: la nova filosofia del segle XXI:

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Molt interessant testimoni de Ran Lahav en el què fa tota una declaració d'intencions sobre la práctica filosòfica: la nova filosofia del segle XXI:

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Consulta filosòfica de Breniffier II

Encara segueixo mirant el site de Brenifier, una autèntica mina. Hi ha un article amb el nom de "principis de la consulta filosòfica", està traduït, com ja ve sent habitual per en Gabriel Arnaiz:

LA CONSULTA FILOSÓFICA – LOS PRINCIPIOS

Óscar Brenifier

(Traducción y notas de Gabriel Arnaiz, gabriel.arnaiz@gmail.com)

Naturalismo filosófico

Desde hace ya algunos años, parece que sopla un viento fresco sobre la filosofía. Su objetivo, aunque se presenta bajo diversas formas, consiste en que la filosofía salga de su marco puramente universitario y escolar, donde la perspectiva histórica sigue siendo el enfoque principal. Esta tendencia ha sido recibida y apreciada de formas diferentes: para unos, encarna una oxigenación necesaria, mientras que para otros, no es más que una vulgar y banal traición, digna de una época mediocre. Entre algunas de estas “novedades” filosóficas ha surgido la idea de que la filosofía no se limita exclusivamente a la erudición y al discurso, sino que constituye también una práctica. En realidad, esta perspectiva no es realmente nueva, en la medida en que ésta representa un retorno a las preocupaciones originales, a esa búsqueda de sabiduría que engloba la misma noción de filosofía; dimensión que ha permanecido relativamente oculta durante muchos siglos por la faceta más “académica” de la filosofía.

Sin embargo, y a pesar de este revival, los profundos cambios culturales, psicológicos y sociológicos que separan nuestra época de, por ejemplo, la Grecia clásica, alteran radicalmente los datos del problema. La filosofía perenne se ve así obligada a rendir cuentas a la historia, y su inmortalidad difícilmente puede sustraerse de la finitud de las sociedades que formulan sus problemáticas. Igualmente, la práctica filosófica -como las doctrinas filosóficas- debe elaborar las articulaciones que correspondan a su tiempo y a su época en función de las circunstancias que generen esta matriz momentánea, incluso si después de todo no parece apenas posible evitar, salirse de, o superar, el limitado número de “grandes problemas” que, desde el principio de los tiempos, constituyen la matriz de toda reflexión de tipo filosófico, independientemente de la forma exterior que adopten estas articulaciones.

El naturalismo filosófico que nosotros evocamos aquí se encuentra en el mismo centro del debate, en cuanto que critica la especificidad de la filosofía en su ámbito histórico y geográfico. Este naturalismo filosófico presupone que el surgimiento de la filosofía no constituye un acontecimiento particular, puesto que su sustancia viva se esconde en el interior del corazón del hombre y de su espíritu, incluso si, a semejanza de toda ciencia o conocimiento, ciertos momentos y ciertos lugares parecen más determinantes, más explícitos, más favorables o más cruciales que otros. Como seres humanos, compartimos un mundo común (a pesar de la infinidad de las representaciones que cada uno de nosotros experimentamos) y una misma condición -o naturaleza- (a pesar del relativismo cultural e individual que nos rodea), por lo que deberíamos ser capaces de encontrar, al menos de manera embrionaria, un número determinado de arquetipos intelectuales que constituyesen el armazón de la historia del pensamiento. Si después de todo, la fuerza de una idea descansa sobre su operatividad y su universalidad, cada una de esas “ideas fuerza” debería poder encontrarse en cada uno de nosotros. ¿Acaso no es ésa la idea misma de la reminiscencia platónica, aunque formulada en otros términos y desde otra perspectiva? La práctica filosófica se convierte entonces en una actividad que permite descubrir el “mundo de las ideas” que habitamos, de la misma forma en que la práctica artística nos descubre el “mundo de las formas” que habitamos, en función de nuestras posibilidades, sin necesidad de que tengamos que ser un Kant o un Rembrandt.

La doble exigencia

Con el fin de comprender mejor el proceso que aquí nos ocupa, debemos distinguir dos prejuicios muy frecuentes. El primero consiste en creer que la filosofía, y por lo tanto la discusión filosófica, está reservada a una elite; y lo mismo sucedería con la orientación filosófica. El segundo prejuicio, a diferencia del primero -y su perfecto complemento natural-, consiste en pensar que la filosofía no está reservada a una elite de sabios, de lo que deducimos una conclusión previsible: la consulta filosófica no puede ser filosófica, puesto que está abierta a todo el mundo. Estos dos prejuicios expresan una sola fractura: lo que debemos hacer es intentar demostrar simultáneamente que (1) la práctica filosófica está abierta a todo el mundo y que, al mismo tiempo, (2) conlleva una cierta exigencia que la distingue de la simple discusión. Asimismo, será necesario que diferenciemos nuestra actividad de la práctica psicológica o psiquiátrica con la que, seguramente, serán confundidas.

Los primeros pasos

“¿Por qué estás aquí?”. Esta pregunta inicial se nos impone como la primera, la más natural, aquélla que permanentemente debemos plantearle a cualquier persona. Es una verdadera lástima que todo profesor encargado de impartir un curso de introducción a la filosofía no comience con este tipo de preguntas aparentemente inocentes. A través de este simple ejercicio, el alumno, habituado con los años a la rutina escolar, comprenderá de inmediato la peculiaridad de esa extraña disciplina que incluso cuestiona sus evidencias más escandalosas. La dificultad real de responder a este tipo de preguntas y el largo abanico de posibles respuestas harán estallar rápidamente la insignificante apariencia de la pregunta. De lo que se trata, pues, es de no contentarse con uno de esos esbozos de respuesta que suelen brotar de nuestros labios en un primer momento con el propósito de evitar cualquier tipo de pensamiento riguroso.

Durante la consulta filosófica, un gran número de “primeras respuestas” suelen ser del tipo de: “porque yo no conozco qué es eso de la filosofía”, “porque me interesa la filosofía y me gustaría saber más de ella”, o incluso “porque me gustaría saber qué es lo que dice la filosofía -o el filósofo- a propósito de…”. El proceso de interrogación debe comenzar cuanto antes para revelar los pre-supuestos no admitidos en esos esbozos de respuesta, o incluso en estas no-respuestas. Este proceso provocará la aparición de determinadas ideas del sujeto (es decir, la persona comprometida en la orientación) a propósito de la filosofía o de otro tema que se aborde, en las que será necesario que éste adopte una determinada postura. No es necesario que conozcamos “el fondo” de su pensamiento, contrariamente al psicoanálisis, puesto que de lo que aquí se trata es de decantarse por una hipótesis de trabajo.

Esta última distinción es importante, por dos razones que forman la base de nuestro trabajo. (1) La primera razón se encuentra en que la verdad no se manifiesta necesariamente bajo la apariencia de la sinceridad o de una “autenticidad” subjetiva, y hasta puede que incluso se le oponga radicalmente; oposición similar al principio según el cuál los deseos se oponen frecuentemente a la razón. Desde este punto de vista, poco importa que el sujeto se adhiera a la idea que está expresando. “No estoy seguro de esto que digo (o de esto que acabo de decir)”, se escucha con frecuencia. Pero, ¿de qué querría uno estar seguro? ¿No es acaso esta incertidumbre precisamente aquello que nos permitirá poner a prueba nuestras ideas, mientras que la certeza impediría desencadenar el proceso posterior? (2) La segunda razón, próxima a la primera, descansa en el hecho de que debe producirse una cierta distanciación (distanciation), necesaria para desarrollar un trabajo reflexivo y sólido, como condición indispensable para conseguir la conceptualización que nosotros deseamos inducir. Dos condiciones que en ningún caso deben impedir que el sujeto se enfrente con sus propias ideas; al contrario, deberían posibilitar que éste sea capaz de hacerlo aún más libremente. El científico discutirá más fácilmente aquellas ideas sobre las que su “yo” no esté inextricablemente comprometido, sin que esto impida, por el contrario, que una idea le guste o la admita más que otras.

Una vez que la hipótesis se haya expresado y desarrollado en cierta medida (directamente o gracias a las preguntas), el orientador filosófico filosófico propondrá una reformulación de aquello que ha escuchado. Generalmente, el sujeto expresará un cierto rechazo inicial -o una tibia acogida- de la reformulación propuesta: “Eso no es lo que yo he dicho. Eso no es lo que yo quería decir”. Se le propondrá, entonces, (1) analizar aquello que no le gusta de la reformulación que ha escuchado o (2) rectificar su propio discurso. Sin embargo, el sujeto deberá antes precisar si la reformulación (a) ha traicionado su discurso cambiando la naturaleza de su contenido (cosa que puede ser posible, puesto que el orientador filosófico no es perfecto), o si (b) ésta le ha traicionado, al revelar claramente aquello que el sujeto no deseaba ver ni admitir de sus propias palabras. Se percibe aquí el enorme problema filosófico que plantea el diálogo con “el otro”: en la medida en que se acepta el difícil ejercicio de “medir” y “pesar” las palabras, el que escucha se convierte en un espejo despiadado que nos devuelve nuestro reflejo con dureza. La presencia del otro es siempre un riesgo, del que nosotros ignoramos frecuentemente su alcance.

Cuando lo que inicialmente ha sido expresado no es susceptible de reformulación, por confusión o por falta de claridad, el orientador filosófico filosófico deberá pedirle al sujeto que repita aquello que ha dicho, o que lo exprese de otra forma. Si la explicación ofrecida a continuación es demasiado larga o se convierte en un pretexto para desahogarse en exceso (construyendo un discurso de tipo asociativo e incontrolado), el orientador filosófico interrumpirá al sujeto con frases de este tipo: “No estoy seguro de comprender adónde quiere usted ir. No entiendo exactamente el sentido de sus palabras”. Podrá entonces proponer el siguiente ejercicio: “Dígame en una sola frase aquello que le parezca esencial de lo que acaba de referirme. Si usted no tuviese más que una única frase con la que poder expresarse sobre este asunto, ¿Cuál sería?”. El sujeto expresará su dificultad con este ejercicio de “brevilocuencia”, puesto que acaba de manifestar su imposibilidad de formular un discurso claro y conciso. Es gracias a la constatación de esta dificultad cuando verdaderamente se inicia la adquisición de la conciencia vinculada al filosofar.

Anagogía y discriminación

Una vez clarificada la hipótesis de partida, en relación a la naturaleza del filosofar que lleva al sujeto a la consulta, o sobre otro tema que le preocupe, se trata ahora de iniciar el “proceso anagógico” descrito en las obras de Platón. Los elementos esenciales están compuestos por eso que nosotros denominaremos, por un lado, “el origen”, y por otro, “la discriminación”. Comenzaremos por pedirle al sujeto que nos proporcione alguna razón de su hipótesis, que nos justifique su elección. Ya sea a través de (1) la petición por el origen: “¿Por qué se ha decantado por esta formulación?” ,“¿Cuál es el interés de esta idea?”. O a través de (2) la discriminación: “¿Cuál es el más importante de todos los elementos expresados?” “¿Cuál es la palabra clave de su frase?”. En esta parte de la consulta se podrá combinar por turnos cada uno de estos instrumentos. El sujeto intentará con frecuencia escabullirse de esta etapa de la discusión, refugiándose en el relativismo de la circunstancia o en la multiplicidad indiferenciada. “Depende… […] Hay muchas razones […] Todas las palabras o las ideas son importantes”, nos replicará. El hecho de elegir, de obligar a “vectorizar” el pensamiento, a decantarse por una de las opciones, nos permite fundamentalmente identificar cuáles son las fijaciones, los “anclajes” (ancrages), las constantes y los pre-supuestos que se repiten, para posteriormente ponerlos a prueba y cuestionarlos. Porque después de bastantes etapas de “proceso anagógico” (origen y discriminación), aparece una especie de trama que pone al descubierto los fundamentos y las articulaciones centrales de un determinada forma de pensar. Al mismo tiempo, a través de la jerarquización asumida por el sujeto, se produce una dramatización de los términos y de los conceptos que conseguirá que se separen las palabras de su totalidad indiferenciada, de ese “efecto masa” que difumina las singularidades. Al separar las ideas unas de las otras, el sujeto será más consciente de cuáles son los “operadores conceptuales” con los que discrimina la realidad.

El orientador filosófico adquiere, pues, en esta fase un papel esencial, que consiste principalmente en subrayar aquello que ha sido dicho, para que las elecciones realizadas y sus implicaciones no pasen desapercibidas. Podrá incluso insistir, pidiéndole al sujeto que asuma las elecciones que acaba de expresar. Sin embargo, deberá evitar hacer cualquier comentario y evitará plantear ciertas preguntas complementarias si entrevé algún tipo de problema o de inconsecuencias en el discurso que acaba de ser articulado. Lo importante de esta parte del ejercicio consiste en conducir al sujeto para que evalúe libremente las implicaciones de sus posturas, para que entrevea aquello que su pensamiento oculta de sí mismo. Este proceso lentamente le irá dinamitando la ilusión que poseen los sentimientos de evidencia y de neutralidad, propedéutica necesaria para la elaboración de una perspectiva crítica, aquella de la opinión en general, y en particular, de la suya propia.

Pensar lo impensable

Una vez identificado un anclaje (ancrage) particular, es el momento indicado de defender la postura contraria. Se trata del ejercicio que nosotros denominamos como “pensar lo impensable”. Sea cuál sea el anclaje o la temática particular que el sujeto haya identificado como central en su reflexión, nosotros le pediremos que formule y desarrolle la hipótesis contraria: “¿Cuál sería la hipótesis crítica que usted formularía en contra de su hipótesis inicial? ¿Cuál es la objeción más consistente que usted conoce o que puede imaginar en relación a la tesis que tanto aprecia? ¿Cuáles son los límites de su idea?”. El amor, la libertad, la felicidad, el cuerpo o cualquier otro tema constituyen el fundamento o la referencia privilegiada…En la mayor parte de los casos, el sujeto se sentirá incapaz de efectuar un giro intelectual de este tipo. Pensar una “imposibilidad” de tal calibre le parecerá como precipitarse en el abismo. Algunas veces oiremos el grito desesperado de protesta: “¡No quiero!”.

Este momento de crispación sirve sobre todo para que el sujeto sea consciente de su condicionamiento psicológico y conceptual. Al invitarle a “pensar lo impensable”, se le está invitando a analizar, a comparar y sobre todo a deliberar, en lugar de dar por supuesta e irrefutable esta o aquella hipótesis de su funcionamiento intelectual y existencial. El sujeto toma conciencia entonces de las rigideces que conforman su pensamiento sin que él mismo se de cuenta. “¡Pero, entonces, ya no podré creer en nada!”, exclamará compungido. Sí, pero sólo mientras dure el ejercicio, es decir durante una hora aproximadamente, se preguntará si la hipótesis contraria, si esta “creencia” contraria, tiene alguna posibilidad de ser cierta. Ahora bien, una vez que el sujeto admite esta hipótesis contraria, se da cuenta, sorprendentemente, de que tiene mucho más sentido del que en un principio pensaba y de que, en cualquier caso, la nueva hipótesis aclara de manera interesante su hipótesis de partida, consiguiendo de esta forma ser más consciente de su naturaleza y de sus límites. Esta experiencia permitirá que el sujeto pueda contemplar -y casi tocar con los dedos- la dimensión liberadora del pensamiento, en la medida en la que le permite (1) cuestionar las ideas a las que se “aferra” inconscientemente, (2) distanciarse de uno mismo, (3) analizar los esquemas de pensamiento -en cuanto a la forma y al fondo- y (4) conceptualizar sus propios problemas (enjeux) existenciales.

Subir al primer piso

A modo de conclusión, se le pedirá al sujeto que recapitule los pasajes más importantes de la discusión, con el propósito de contemplarlos nuevamente y de resumir los momentos más intensos y significativos. Esto se conseguirá bajo la forma de un repaso al conjunto del ejercicio. “¿Qué ha sucedido aquí?”. Esta última parte de la entrevista se denomina también “subir al primer piso”: análisis conceptual en oposición al experimentado en “la planta baja”. Desde esta perspectiva elevada, el desafío consiste en que el sujeto se contemple a sí mismo actuando, en que analice el desarrollo del ejercicio, en que evalúe las situaciones, en que salga del alboroto de la acción y del hilo de la narración para captar los elementos esenciales de la consulta filosófica y los puntos de inflexión del diálogo. El sujeto se implica así en un metadiscurso a propósito de las vacilaciones y tanteos de su propio pensamiento. Este momento es crucial, porque es el lugar de la concienciación del doble funcionamiento (dentro/fuera) de la mente humana, intrínsecamente unido a la práctica filosófica. Se permite así el surgimiento de esta perspectiva hacia el infinito que posibilitará que el sujeto acceda a una visión dialéctica de su propio ser y alcance la autonomía de su pensamiento.

¿Es esto verdaderamente filosófico?

¿Qué buscamos conseguir con estos ejercicios? ¿En qué sentido son filosóficos? ¿Cómo se distingue una consulta filosófica de la consulta psicoanalítica? Tal como ha sido indicado con anterioridad, existen tres criterios específicos que particularizan este tipo de práctica filosófica: identificación, crítica y conceptualización. (Mencionaremos también otro criterio importante: la distanciación, que sin embargo nosotros no consideramos como un cuarto elemento, porque está ya implícitamente contenido en los otros tres). En cierta medida, esta triple exigencia resume con bastante exactitud los mismos requisitos que se le exigen a una disertación escolar. En una disertación, a partir de un tema previamente dado, el alumno debe expresar algunas ideas, ponerlas a prueba y formular alguna problemática general, con o sin la ayuda de los autores consagrados. La única diferencia importante recae sobre la elección del asunto a tratar: aquí, el sujeto es su propio objeto de estudio, lo que incrementa la dimensión existencial de la reflexión y convierte el tratamiento filosófico de este tema en algo aún más delicado.

La objeción sobre el aspecto “psicologizante” del ejercicio no puede descartarse con demasiada rapidez. Por un lado, porque la tendencia del sujeto a desahogarse sin ninguna moderación sobre sus experiencias y sentimientos -frente a un interlocutor único que se consagra a escucharle- es muy grande, sobre todo si aquel ya ha tomado parte en consultas de tipo psicológico. El sujeto se sentirá, por otra parte, frustrado al verse (1) interrumpido continuamente, (2) al tener que emitir juicios críticos sobre sus propias ideas, (3) al tener que discriminar entre sus diversas proposiciones, etcétera. Demasiadas obligaciones que forman parte, sin embargo, del juego, de sus exigencias filosóficas. Por otro lado, porque por diversas razones, la filosofía tiende a ignorar la subjetividad individual para consagrarse fundamentalmente en el universal abstracto, en las nociones desencarnadas. Una suerte de pudor extremo, y hasta de puritanismo, lleva al profesional de la filosofía a temer la opinión hasta el punto de quererla ignorar, en lugar de considerarla como el punto de partida de todo filosofar; ya sea esta opinión la del común de los mortales o la del especialista, que también suele ser una víctima de su “enfermiza” y funesta opinión.

De este modo, nuestro ejercicio consiste en primer lugar en que el sujeto identifique, a través de sus opiniones, los presupuestos inconfesables con los que suele funcionar, lo que permite definir claramente los puntos de partida. En segundo lugar, sirve para tener en cuenta la hipótesis contraria a estos presupuestos, con el fin de transformarlos de indiscutibles postulados en simples hipótesis. En tercer lugar, el sujeto deberá articular las problemáticas así generadas a través de conceptos identificados y formulados. En esta última etapa -o incluso antes si la utilidad así lo demanda- , el orientador filosófico podrá utilizar las problemáticas “clásicas”, propias de un autor determinado, con el fin de valorar o identificar mejor este o aquel aspecto que surjan en el transcurso de la consulta.

Es bastante dudoso, pues, que un único individuo pueda reproducir en sí mismo toda la historia de la filosofía, y mucho menos la de las matemáticas o la de la lengua. Además, ¿por qué debería hacer caso omiso del pasado? No somos más que enanos a hombros de gigantes. ¿Deberíamos por ello negarnos a practicar ningún deporte, y contentarnos simplemente con contemplar con gran admiración las proezas de los atletas, alegando que nosotros somos más bien lentos, torpes o incluso discapacitados? ¿Deberíamos contentarnos entonces con ir al Museo del Prado y renunciar a pintar, con el torpe pretexto de que nuestras manos no tienen la agilidad de los que sí están inspirados? ¿Sería esto una falta de respeto a los “grandes” o más bien un deseo de emulación? ¿No sería más bien como honrarles, tanto o más como cuando se les admira y se les cita? A fin de cuentas, ¿no nos exhortaron la mayoría de ellos a que pensásemos por nosotros mismos?

ÓSCAR BRENIFIER es doctor en filosofía, autor de numerosos artículos sobre diversas prácticas filosóficas, orientador filosófico filosófico, formador de “talleres de filosofía y filosofía para niños” por todo el mundo (Francia, Noruega, Persia, Rusia, Mali,…), director de la revista “Diotime-L´Àgora” sobre didáctica de la filosofía, escritor de libros de divulgación filosófica para niños (colección “PhiloZenfants”) y para jóvenes (colección “L´apprenti philosophe”), fundador de la revista filosófica para todos los públicos “Le Vilain Petit Canard”, animador de cafés filosóficos, … y padre de tres hijos preciosos.

 
   

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Gerardo Primero: “Algunas críticas al Psicoanálisis”

En un anterior post dèiem que en Gabriel ens havia recomanat un altre article, i davant de les nombroses peticions al respecte hi he accedit i aquí us el deixo (val a dir que l'article està disponible a la següent web)

 

El psicoanálisis se ha vuelto en la Argentina parte del sentido común popular de muchas personas, y quienes dejaron de cuestionar sus supuestos lo consideran una verdad obvia y evidente. Creo que no sólo esa credulidad (a menudo dogmática) está injustificada, sino que es altamente perjudicial para los psicólogos, para los pacientes, y para la psicología como disciplina.

Las críticas al psicoanálisis se pueden clasificar en varios grupos. Mencionaré primero a las epistemológicas, empíricas y pragmáticas. Seguiré con las del constructivismo social y posturas afines. Luego, las críticas a la concepción cartesiana de la mente, y allí hablaré acerca de homúnculos, pseudoexplicaciones con disposiciones, objetos internos, el inconsciente, razones y causas, y las instancias psíquicas. Por último, algunas ideas sobre por qué el psicoanálisis es, según Wittgenstein, ¨una mitología poderosa¨.

  

 

1.1. Epistemológicas (Popper, Grunbaum).

 

Según Popper, la teoría es infalsable porque cualquier evento es interpretado como confirmatorio. En muchos casos, frente a un evento que parece refutar una hipótesis, se reinterpreta esta última para poder sostenerla (por ejemplo, cuando Freud busca traumas sexuales infantiles para explicar la neurosis y el paciente los niega sostiene que fueron reprimidos, y cuando es evidente que el suceso nunca ocurrió lo considera una fantasía inconsciente, ejecutando dos veces el artilugio de ¨huir hacia lo infalsable¨ para seguir sosteniendo su hipótesis). Por otro lado, si no se investiga fuera de la sesión buscando criterios intersubjetivos de evaluación de los resultados, hay pocas garantías de fiabilidad de las evidencias clínicas debido a los efectos de la sugestión, los sesgos de observación, la ausencia de control de variables extrañas, el sesgo confirmatorio, etc. Eso como mínimo debería hacernos cuestionar la confianza ciega en el psicoanálisis frente a las hipótesis rivales, y buscar una contrastación más rigurosa de las hipótesis. La posibilidad del psicoanálisis de ¨explicar todo¨, que resulta atractiva para muchos de sus seguidores, deja de serlo si se piensa que una teoría es más útil cuanto más se arriesga a fallar. Una teoría capaz de amoldar todo es mas bien un marco conceptual, cosmovisión u ontología, que uno puede elegir adoptar o no. Según Popper, el psicoanálisis es infalsable y no es ciencia, según Grunbaum es infalsable en la situación analítica (la relación es circular porque la situación analítica sólo permite confirmaciones de la teoría, y está viciada por la sugestión), pero podría ponerse a prueba apropiadamente (fuera de la sesión), según Wittgenstein el psicoanálisis es el tipo de especulación previa a la formación de hipótesis científicas, como lo es el animismo en biología. La postura de Freud es anti-empirista debido a su sesgo a buscar confirmaciones y reinterpretar la evidencia contraria en modo favorable (por ejemplo llamar ¨resistencia¨ a los casos en los que la terapia no avanza o el paciente no acepta las interpretaciones). Freud inaugura el rechazo a los disidentes y un método de teorización que se guía por criterios más literarios que empíricos. Su construcción teórica tiene una apariencia sólida, desde un punto de vista conceptual (coherencia lógica) y literario (es agradable de leer, persuasivo). Para algunos (como Klimovsky) esa coherencia lógica y literaria es suficiente para aceptar la teoría, pero hay otros criterios más importantes, en los cuales la teoría resulta problemática: criterios pragmáticos (la ineficacia para tratar los problemas), empíricos (la falta de contrastación experimental y de diálogo con otras teorías y disciplinas) e incluso éticos (los prejuicios esencialistas y etnocéntricos, el mito de la neutralidad). La riqueza literaria y retórica en la descripción de casos puede resultar persuasiva, pero no reemplaza a la investigación empírica. La postura de rechazo a la investigación empírica bajo el argumento de oponerse a establecer leyes en nombre de la particularidad es incluso contradictoria: el psicoanálisis acepta leyes universales (no podría evitarlo) pero no las pone a prueba. La neutralidad es imposible, y la teoría es acrítica respecto a sus propias leyes (edipo, castración, tópicas, teorías sexuales, deseos inconscientes).

   

 

1.2. Empíricas.

 

Cuando se intentó poner a prueba experimentalmente partes de la teoría, las hipótesis no recibieron apoyo empírico. La ausencia de evidencia experimental favorable es admitida tanto por partidarios como por opositores (Eysenck, Kline, Fisher y Greenberg, Kihlstrom), y estos resultados se interpretan como un reclamo de mayor investigación en el mejor de los casos, y en el peor como señal de que sería mejor investigar hipótesis rivales más plausibles y dejar a la teoría como un recurso heurístico. Los intentos de contrastación empírica pueden llevar a un considerable alejamiento respecto de las teorías originales, cosa que es para muchos intolerable. Hay quienes para evitarlo rechazan los métodos de contrastación utilizados en otras disciplinas de conducta (Lacan es tal vez el caso extremo) y transforman a la disciplina en una especie de dogma, cerrado al cambio y a la investigación, aislado del resto de la psicología, cuya tarea fundamental es preservar la fidelidad a los textos fundadores. La palabra de Freud fue al psicoanálisis lo que la palabra de Dios al catolicismo o lo que la palabra de Aristóteles a la filosofía medieval del siglo XII. Así fue como el criterio de autoridad (¨lo dijo Freud¨) fue antepuesto al desarrollo de investigaciones y tratamientos más eficaces.

   

 

1.3. Pragmáticas (eficacia clínica).

 

En la investigación sobre eficacia clínica, realizada usualmente comparando grupos de tratamiento con distribución aleatoria (randomized control trials), los resultados muestran que existen factores inespecíficos benéficos (contacto afectivo, escucha empática, experiencia del terapeuta, etc.) comunes a distintas psicoterapias (cognitivas, conductuales, sistémicas, psicoanalíticas, gestálticas, y diversas versiones de integración entre ellas), mientras que para las conductas más resistentes al cambio se evaluaron terapias más eficaces que el tratamiento placebo (¨terapias empíricamente validadas¨) que en su mayoría son cognitivo-conductuales (Beck para casos de depresión, Barlow para casos de ansiedad, Linehan para casos borderline, etc.). Para conocer más detalles de esta investigación, remitirse a Chambless.

Obviamente, ningún tratamiento está ¨completamente validado¨. El criterio para evaluar un tratamiento como ¨bien establecido¨ consiste en que hayan al menos dos experimentos de comparación entre grupos que demuestren eficacia superior al placebo o a otro tratamiento, o eficacia equivalente a un tratamiento ya establecido experimentalmente. Los experimentos deben tener un manual de tratamiento (para que diferentes terapeutas coincidan en la teoría y técnica que aplican), deben especificar criterios y sus resultados deben ser demostrados en al menos dos estudios separados. Con criterios menos rigurosos se establecen los tratamientos ¨probablemente eficaces¨. El tratamiento más cercano al psicoanálisis que ha demostrado empíricamente su eficacia es la terapia interpersonal de Klerman, pero a la vez difiere bastante del psicoanálisis ortodoxo freudiano (utiliza las teorías de Sullivan sobre las relaciones interpersonales y aportes propios de Klerman). Desde un punto de vista pragmático y empírico, el psicoanálisis no ha mostrado ser eficaz en el tratamiento de diversos problemas (ver Eysenck), mientras que otras terapias han mostrado resultados consistentes (ver Chambless sobre tratamientos empíricamente validados). Sin evidencias favorables, un tratamiento puede no superar al placebo, y puede incluso ser perjudicial (iatrogenia). Por otro lado, la afirmación usual de que ¨sin psicoanálisis sólo hay cambio de síntoma¨ resulta insostenible: los seguimientos de terapias cognitivo-conductuales muestran ausencia de recaída, y los casos psicoanalíticos carecen de seguimiento y en ocasiones (por ejemplo los de Freud) es claro que distan de poder ser considerados exitosos (Dora seguía "más histérica que nunca" cuando en los años 20 consulta al psicoanalista Felix Deutsch, el Hombre de los Lobos siguió con síntomas y tuvo otros tratamientos hasta terminar sus días en el hospicio con diagnóstico de psicosis paranoica, del resto el Hombre de las Ratas murió al poco tiempo, Schreber no fue un tratamiento sino una interpretación de sus memorias, Juanito es tal vez el más exitoso pero menos sorprendente pues es un caso simple y no es rara la remisión espontánea de un temor infantil). En los casos de Freud, lo que fascina al público es su exposición literaria y su compleja especulación, y no el haber logrado resultados terapéuticos. Hay que reconocer la diferencia entre la complejidad teórica, la riqueza literaria y la eficacia pragmática. Que una teoría nos fascine y que nos guste leerla no significa que sea correcta o eficaz (ver más abajo acerca de las posibles razones de esa seducción).

Hay varios puntos importantes respecto a la investigación en psicoterapia, que suele subdividirse en investigación sobre resultados (qué se logra con la psicoterapia tomada como un proceso completo, y si esos logros se mantienen en el tiempo) y sobre procesos (qué cambios ocurren en el transcurso de la psicoterapia, en cada sesión o en cada intervención). Señalaré algunos:

1. Es cierto que es discutible qué se considera eficaz, pero precisamente aquí se apunta a la necesidad es discutirlo, tanto en el terreno teórico como en el empírico. Los objetivos pueden ser variados, desde cambios en conductas problemáticas puntuales hasta cambios globales en la personalidad que impliquen mayor bienestar definido de diversas maneras (es falso que el psicoanálisis busca cambios más profundos en la personalidad y que otras terapias buscan ¨sólo remover el síntoma¨). Si lo que se busca es una elección terapéutica guiada por razones y no por prejuicios ciegos a la evidencia existente, es necesario clarificar los resultados deseables y verificar si se concretan o no.

2. Es cierto que en una terapia no sólo intervienen las variables del tipo de teoría o técnicas terapéuticas, pues hay otras variables importantes que influyen en los resultados, tales como las características del terapeuta, del paciente y de la relación entre ambos. La influencia de estas variables explica que los terapeutas y pacientes puedan obtener resultados positivos, más allá de cuál sea el modelo teórico aplicado. Un modelo más eficaz permite mejorar los logros y evitar los fracasos (casos más dificiles, elecciones inadecuadas del terapeuta). Para ello es preciso conocer reglas eficaces que guíen la terapia, y sólo puede lograrse mediante la investigación y el diálogo entre teorías.

3. En consecuencia, la investigación no sólo debe buscar modelos de intervención eficaces, sino explicitar la influencia de otras variables (personalidad del paciente y del terapeuta, variables de la relación terapéutica). Una teoría es más eficaz si permite manipular factores relevantes que sus teorías rivales no logran especificar, predecir ni controlar. Los modelos de tratamiento empíricamente validados se están volviendo cada vez más sensibles a esas variables, y actualmente hacen hincapié en los rasgos particulares de cada individuo, a la vez que en las características generalizables de cada tipo de conducta o de trastorno.

4. Una elección racional (del estudiante que elige su formación, del terapeuta que se capacita, del paciente que busca terapia adecuada a sus objetivos) requiere un conocimiento empírico y teórico que la guíe. Por desgracia, a menudo no es el caso, y esas elecciones se basan en preferencias personales, tendencias de la moda, supuestos ampliamente difundidos pero sin evidencia real, información sesgada, o simple ignorancia de las posibilidades existentes.

5. Otra elección usual en los terapeutas es el eclecticismo teórico o técnico. El problema es en ese caso cuáles son los criterios para la elección de los elementos teóricos y técnicos, y por desgracia estos criterios vuelven a ser irracionales (preferencias personales o sociales). Si se busca que la elección sea racional, es preciso generar el diálogo entre teorías rivales y tomar en cuenta los resultados de la investigación empírica, lo opuesto a la postura que adopta la vertiente ortodoxa del psicoanálisis, aislada de las teorías psicológicas actuales y contraria a la puesta a prueba de sus postulados.

Tanto las corrientes cognitivas como las conductuales, a pesar de sus diferencias, coinciden en el esfuerzo por contrastar sus resultados y realizar seguimientos, lo cual permitió validar, descartar o mejorar sus técnicas. Esa situación obligó a algunos seguidores del psicoanálisis a comprometerse en la investigación experimental, pero a la vez eso implica aceptar el riesgo de modificar la teoría en función de los resultados, algo que muchos no están dispuestos a enfrentar. Este es el dilema actual que enfrenta el psicoanálisis, el cual llevó a la escisión de un grupo dispuesto a la investigación y el cambio, y otro que se repliega en un conservadurismo teórico. Por dar sólo un ejemplo de este conservadurismo dogmático, cito a Lacan: ¨Ningún progreso se ha podido hacer, por pequeño que sea, cada vez que ha sido desatendido uno de los términos de Freud¨. Se anula el diálogo con otros abordajes (incluso antes de comprenderlos), se transforma la teoría en dogma, se dejan de cuestionar sus supuestos básicos, y se frena la posibilidad de comprender, controlar y predecir los temas de la psicología.

Se pueden rescatar algunas ideas del psicoanálisis como heurísticos para generar nuevas teorías y ponerlas a prueba empíricamente, como la idea de transferencia y las investigaciones sobre relaciones interpersonales, pero a la vez eso implica abandonar el conservadurismo y el temor a distanciarse de las propuestas freudianas originales (hecho que resulta esperable en una disciplina que se modifica en base a la investigación). Esa línea alternativa, más abierta a la investigación y al diálogo con hipótesis rivales se puede encontrar reseñada en Bergin (Handbook of Psychotherapy and Behavior Change) y en los autores de distintas corrientes que recibieron influencias del psicoanálisis y buscaron contrastar sus propias hipótesis, como Klerman, Snyder, Safran y Kohlenberg.

En los tratamientos cognitivo-conductuales se plantea un trabajo colaborativo con el paciente, evitando ¨culpar a la víctima¨ por sus problemas, se propone una búsqueda conjunta de objetivos (que difieren según el caso), teniendo en cuenta la dialéctica entre aceptación y cambio. Se busca comprender las relaciones de las conductas (incluyendo eventos privados, ver luego) con sus antecedentes (conductas respondientes, reaccionan ante un estímulo gatillador innato o aprendido), sus consecuencias (conductas operantes, acciones para obtener objetivos, en base a la historia previa de aprendizaje), y las conductas gobernadas verbalmente (reglas que describen contingencias sociales o naturales, creencias y valores, patrones cognitivos con los cuales se interpretan y explican las situaciones), en relación a un contexto social (aspecto en el que también se tiene en cuenta la dialéctica entre aceptación y cambio entre el individuo y su entorno). Para planificar las intervenciones, se toman en cuenta las teorías del aprendizaje respondiente, operante, social (Bandura: modelado, refuerzo y castigo social), cognitivo (esquemas emocionales, pensamientos automáticos, distorsiones cognitivas, conducta gobernada por reglas) y las investigaciones previas acerca de tratamientos eficaces para cada tipo de problema (terapias empíricamente validadas).

   

 

2.1. Constructivistas (teoría del aprendizaje social de Bandura, constructivismo social).

 

La teoría psicoanalítica sostiene que algunos procesos psíquicos ocurren de cierta forma debido a un determinante biológico fijo (y no relativo a la cultura o contexto social), y justifica ciertas ideologías y valores en base a un supuesto origen biológico. Sostiene esa postura sobre los roles de género explicados como esencias (la mujer tiene un superyo débil debido al edipo y a la ¨diferencia anatómica de los sexos¨), sobre la homosexualidad (aunque se postula una bisexualidad latente universal, se considera a la homosexualidad una ¨detención en el desarrollo libidinal¨, mientras que a partir del Informe Kinsey se difunde una concepción relativista social), con las ¨estructuras psicopatológicas¨ y ¨enfermedades mentales¨ (tanto las que describe Freud como las que propone el DSM, ver las críticas de Szasz sobre la relatividad cultural del concepto), etc. Estas críticas enfatizan la relatividad cultural de estos valores, por ejemplo la homosexualidad era aceptada en Grecia, los roles sexuales se explican más por el aprendizaje social (Bandura) que por las diferencias anatómicas sexuales, etc. Por otro lado, la idea de ¨neutralidad¨ es una negación de la responsabilidad del terapeuta en cuanto a los valores en los cuales inevitablemente basa su práctica. El psicoanálisis no es ¨neutral¨, nace ya con rasgos de distintas ideologías: sexista (hay esencias o naturalezas de cada género), liberal-hobbesiana (¨el hombre es naturalmente egoísta¨, ¨el psicoanálisis no sirve para los incultos¨), médica (el poder del analista para interpretar, las metáforas de ¨síntoma¨, ¨patología subyacente¨, ¨resistencia¨), universalista ("estos mecanismos son iguales en toda cultura"), etc. El objetivo no debería ser la neutralidad, que es por otro lado imposible, sino una ética responsable, la conciencia de los propios valores, el respeto a los valores del otro y la capacidad de cuestionar los puntos de vista propios y ajenos. El problema de la falsa neutralidad es que sostiene una distribución de poderes en base a una ficción reificada (el inconsciente). (Ver Wittgenstein: la razón de ser del inconsciente es permitirle al analista hacer interpretaciones). Muchas concepciones del psicoanálisis son esencialistas y etnocéntricas: ignoran el contexto sociocultural del problema e imponen en forma acrítica la visión de una clase social y una cosmovisión teórica. Por ejemplo, las "estructuras psíquicas" se plantean como esencias estigmatizantes, estáticas, con connotaciones morales (a menudo se considera perversión a las minorías sexuales, psicosis a los excluidos sociales, se culpabiliza a la víctima refiriendo a supuestos deseos inconscientes, etc.). Otro ejemplo son las teorías sobre la identidad y orientación sexuales, que Freud explica en base a las diferencias anatómicas de los sexos, ignorando las contingencias socioculturales. Esta visión resulta normalizadora, naturalista, esencialista y reaccionaria (concibe un escaso margen de variación), y fue criticada por muchos autores (constructivistas, antropólogos, feministas, queer theory, etc.). La alternativa a esa postura, consiste en utilizar las teorías generales del aprendizaje individual y social (Skinner, Bandura, Guerin), y en ese marco comprender la particularidad de cada historia individual y cada contexto sociocultural.

   

 

3. Filosofía de la mente: principalmente las críticas se dirigen a la concepción cartesiana de la mente (Wittgenstein, Ryle), y se puede extender a gran parte (pero no la totalidad) de la psicología cognitiva. Se le critica: postular objetos internos, usar pseudoexplicaciones por disposiciones, describir homúnculos, confundir razones y causas.

   

 

3.1. Concepción cartesiana.

 

El psicoanálisis acepta la concepción cartesiana de la mente (lo que Ryle llama ¨la leyenda de los dos mundos¨ y ¨el mito del fantasma en la máquina¨): una mente compuesta por objetos mentales (creencias, deseos, etc.), observados y procesados por homúnculos. Como ejemplo cito a Freud: ¨Asimilamos el sistema del Inconsciente con una gran antecámara en la cual forcejean las mociones psíquicas de los seres vivos. Junto a esta antecámara hay otra habitación más estrecha, como una especie de salón en el cual se hospeda también la conciencia. Pero en el umbral de la puerta que separa estas dos habitaciones vela un guardián que inspecciona cada una de las mociones psíquicas, ejerce la censura sobre ellas y les impide entrar al salón si no le gustan. Puedo asegurar que la concepción de los dos locales, con el guardián que permanece en el umbral que hay entre las dos habitaciones y la conciencia como un espectador colocado en el extremo de la segunda habitación, proporciona una muy buena aproximación del estado real de las cosas¨.

   

 

3.2. Homúnculos.

 

La idea de personas dentro de la persona (homúnculos: subsistemas con cualidades idénticas que la persona) es parte de la concepción cartesiana. La explicación homuncular no hace más que retroceder un paso: el homúnculo tiene las características de la persona, por lo cual no la explica. (Esta crítica es aplicable a parte del cognitivismo). Claramente plantea una regresión al infinito: si se explica que la persona percibe remitiendo a una conciencia-espectador interno, para explicar cómo percibe ese espectador la remitiremos a otro espectador aún más interno. De estas paradojas que se originan en una metáfora errónea se entiende por qué el psicoanálisis se consideró una ¨psicología profunda¨: siempre lleva a remitirse a algo aún más ¨abajo¨ o más ¨atrás¨ (por ejemplo los mitos de origen de la cultura, de la neurosis o de la vivencia de placer originaria). Sólo tiene sentido hablar de consciente o inconsciente respecto a la persona como totalidad, y no de un homúnculo respecto a objetos mentales en un depósito. Cuando se habla de esa manera el sentido es metafórico y refiere a la conducta: qué sentido más que metafórico y disposicional (¨actúa como si lo sintiera¨) podría tener hablar de ¨dolor inconsciente¨?

   

 

3.3. Pseudoexplicaciones y disposiciones.

 

La explicación que remite a una disposición es pseudoexplicación, por ejemplo ¨el opio duerme porque es dormitivo¨ (dormitivo significa que hace dormir), la explicación es circular. Eso ocurre con los términos disposicionales como superyo fuerte o débil, catexis libidinal en tal objeto, tipos de personalidad, etc. Son descripciones de conductas y disposiciones de conducta. Su uso es válido en sentido descriptivo, pero no explicativo. Para explicarlos es necesario remitir a un evento que lo influencie y pueda considerarse variable independiente: el contexto de la conducta, los antecedentes y consecuentes, la historia de aprendizaje, las disposiciones genéticas. Si no se retrocede más allá de la atribución de estados mentales, no sólo no se explica la conducta sino que se comete el error de ¨culpar a la víctima¨: focalizarse en atribuir la conducta a un rasgo estable de carácter, en lugar de explicarlo por la historia y generar capacidades alternativas. Este error de la pseudoexplicación también ocurre en otras teorías, por ejemplo cuando se considera que un rasgo de personalidad, un trastorno mental o un coeficiente de inteligencia explica alguna conducta. Todos esos conceptos son válidos y pueden ser útiles, siempre que se los trate como descripciones de disposiciones conductuales. Otro campo en donde existe este peligro es el de los tests psicométricos y proyectivos: no hay que olvidar que detectan la probabilidad de ciertas conductas, y no una esencia, que su grado de correlación con otras conductas debe ponerse a prueba también y no darla por hecho (por ejemplo entre dibujar ciertos ojos y las conductas paranoicas), y que en ningún caso es explicativo (siempre refieren a probabilidades de conducta).

   

 

3.4. Objetos internos.

 

Wittgenstein plantea que vemos los estados mentales en lo que la otra persona hace (no especulamos sobre sus supuestos mundos inmateriales: reconocemos lo que siente, y lo tratamos en consecuencia). No soy de la opinión de que tiene un alma (no dudo: tal vez tiene, tal vez no), sino que mi actitud hacia él es hacia un alma (es decir no lo trato como a una cosa, ni se me ocurre hacerlo). No hay objetos mentales, el error surge por pensar que los términos psicológicos funcionan igual que los términos físicos, que si una mesa es una cosa, una emoción o la conciencia también son cosas. Wittgenstein dice que no son cosas, pero tampoco son una nada, son usos o construcciones del lenguaje, y el lenguaje no siempre es referencial y no siempre describir significa lo mismo. Algunas de las palabras psicológicas son disposicionales, así ser inteligente no es algo interno y oculto, es una capacidad de hacer cosas de la manera que se considera adecuada, y la conciencia no es un lugar interno, sino la capacidad de responder de cierta manera a ciertos estímulos. Esto lo explica Ryle: decir que un vaso es rompible es decir que dadas ciertas condiciones se rompería, y no es algo que podamos observar ahora, sino sólo en esas condiciones (ser rompible es una propiedad disposicional). Esto que resulta claro en ese ejemplo se suele olvidar cuando usamos términos psicológicos y los pensamos como cosas en la cabeza pero ocultas a la observación. Como dice Kantor, dentro de la cabeza sólo hay tejido nervioso, la mente (ideas, representaciones, etc.) está en la conducta y no en la cabeza.

Otras palabras psicológicas refieren a conductas que pueden no ser observables por otras personas (Skinner las denomina ¨eventos privados¨): diálogo interno, imaginación, emoción, percepción propio e interoceptiva, atención sensorial. Algunas de ellas son en parte observables y en parte no (emoción, atención). En el caso del diálogo interno, las conductas son inicialmente observables e interpersonales y la persona aprende luego a ocultarlas y dirigirlas a sí mismo, pero no hay una diferencia esencial de su función. Son conductas que se aprenden en un contexto social (Vygotski, Bandura, Skinner).

Existen varios conceptos relacionados con la concepción cartesiana de la mente, que llevan a confusión y requieren análisis: interno-externo, público-privado, manifiesto-encubierto, físico-mental, observable-no observable.

Acerca de la distinción interno-externo: toda conducta es en realidad ¨interna¨ al organismo, lo externo es su efecto. Si hablamos de la facilidad de observar efectos no es una oposición dual sino una gradación. Como señala Kantor, lo oculto de un acto no debería inducir a pensar en él como una cosa mental, porque nada podría estar más escondido de la observación que el acto de la digestión. Dice Ryle que, como solemos pensar en silencio, muchos piensan que ese silencio es la esencia definitoria del pensamiento y que a veces lo hacemos público, pero el silencio no es esencial sino un artificio a menudo conveniente para ocultar lo que inicialmente es público. Dice Vygotski que el niño aprende las conductas primero a nivel social y luego a nivel individual, primero entre personas y luego consigo mismo (intrapsíquico), y las funciones superiores se originan como relaciones interpersonales. Mediante distinción de términos psicológicos la comunidad lingüística clasifica formas particulares de interacción de una persona consigo misma y con otras.

Privado a veces refiere a lo característico, singular, propio, específico de alguien. En este sentido es tan privado mi pensamiento como mi manera de tocar el piano (conducta observable o no por otros), y no debería provocar mayor sorpresa el hecho de que alguien responde a sus estímulos privados que pensar que ¨Francia no puede tener la historia de Inglaterra¨. Público a veces refiere a algo consensuado y convencional. En ese sentido, toda descripción lingüística, aún no observable como hablarse a sí mismo en silencio, es un evento público.

La conducta se puede definir como un evento del organismo (algo que puede ocurrir o no, y puede determinarse de alguna manera su ocurrencia, a diferencia de los términos que no aluden a acontecimientos singulares) que tiene relaciones funcionales, que puede entenderse como respuesta (reactiva en relación al antecedente, conducta respondiente) y/o como acción (activa en relación a los efectos, conducta operante). El efecto puede operar cambios sobre el objeto de estímulo y sobre el propio organismo. La conducta puede ser o no observable para otros, también son conducta los pensamientos o emociones. Los estímulos con los cuales se relaciona la conducta pueden estar presentes en lo inmediato o no (en cuyo caso la relación es implícita, a través de un estímulo presente que lo sustituye y con el cual se aprendió una relación).

Aunque no haya objetos mentales, sí es cierto que los enunciados mentales difieren de los físicos y que existe cierta ambigüedad respecto a la atribución de algunos estados mentales, pero a través de las reglas que impone cada contexto cultural y cada aprendizaje individual para usar cada término psicológico (por ejemplo, hasta qué punto lo que una persona llamaría ¨amor¨ coincide con lo que otra persona de la misma u otra comunidad llamaría ¨amor¨?). Este es un terreno válido para una construcción conjunta de significados, del cual pueden hacer uso a su modo las distintas escuelas de psicoterapia.

    

 

3.5. El inconsciente.

 

El inconsciente como agente interno homuncular es seductor por su aire animista, pero no explica (tiene las mismas características de la persona). Los eventos privados son válidos dentro de una explicación, pero también hay que explicarlos. En la psicología empírica se usa el término como adjetivo, no como entidad: se llama inconscientes a las conductas que no reciben atención, y en el caso de causas inconscientes es más claro decir desconocidas (que evita imaginarlas en un supuesto depósito oculto). Aunque la psicología empírica acepta que existen muchos procesos no conscientes, rechaza la concepción del inconsciente como un reservorio que contiene motivos, deseos, preferencias, etc. Loftus y Klinger lo llaman ¨inconsciente tonto¨, porque los procesos parecen ser automáticos y poco complejos, a diferencia del inconsciente agencial y complejo.

La idea de inconsciente tiene una historia previa a Freud en autores que plantean la percepción no consciente (Leibniz, Herbart, Helmholtz, Nietzche). En sucesivas investigaciones (Bruner, Erdelyi, Kihlstrom, Greenwald) se estudió la percepción no consciente. Los resultados fueron: 1. Si bien hay pruebas de reacciones no conscientes, estas no parecen exceder cierto nivel de complejidad (son actos simples e inflexibles), 2. Se explican mejor como sesgos de respuesta, en términos de selectividad y filtros, que no implican un procesamiento de información complejo e intencional (censura, defensa, represión, etc.), 3. No hay apoyo para el bagaje conceptual que acompaña la idea psicoanalítica de inconsciente (como un agente, homuncular, isomorfo al yo, capaz de decidir). Los procesos no conscientes parecen ser poco complejos e inflexibles (de tipo automático), y no un sistema intencional isomorfo al yo pero no consciente (concepción que, además de no recibir apoyo empírico, ya de por sí es homuncular). Greenwald plantea la metáfora de los filtros de email, que descartan mensajes por rasgos superficiales sin precisar ¨entender¨ el mensaje o la razón por la cual es amenazador o indeseado. Lo mismo ocurre con la percepción selectiva (que explica fenómenos como el autoengaño, la defensa perceptual o la negación). Esto evita también la paradoja (si uno lo interpreta como una instancia que engaña a otra) de saber algo y no saberlo a la vez (¨un saber no sabido¨).

   

 

3.6. Las razones no son causas (Wittgenstein).

 

La afirmación de que las razones no son causas plantea que la relación es más compleja que una igualdad (ver conducta gobernada por reglas), y que las metodologías de investigación empírica y construcción de significados son distintas. (Una línea hermenéutica más radical propone con este argumento evitar la investigación experimental que es requisito de las ciencias empíricas, pero no es esa nuestra propuesta, sino más bien investigar empíricamente la relación entre las conductas de dar razones y las conductas que esas razones refieren). La concepción de un "deseo inconsciente" ya recibe críticas de Wittgenstein (las intenciones no conscientes son ficciones especulativas atribuidas por el analista, interpretar no es descubrir sino persuadir, lo cual es peligroso si se confia en una supuesta ¨neutralidad¨). El mecanismo de asociación libre genera nuevas relaciones de significado y la interpretación también, en una proliferación exponencial, pero no necesariamente los significados existían previamente ni son la causa del pensamiento o conducta original. Dice Wittgenstein que usando el mismo mecanismo podría encontrar razones para la ubicación de los objetos esparcidos sobre una mesa, y sin embargo no encontraría la causa de esa ubicación. El principio que garantizaba la verdad de la interpretación era su efecto, pero como distintas intervenciones son efectivas ese criterio no es válido (Grunbaum). La aceptación de esa razón hallada es un asunto de persuasión más que de hipótesis causal. Para sostener una hipótesis causal se busca una regularidad en la que un evento sigue a otro y se generaliza como hipótesis ¨si ocurre A, ocurre B¨, pero para sostener una razón de una conducta no hace falta ningún número de casos, sino la sincera confesión de que ¨hice la acción B por la razón A¨, por eso sostener una razón no es sostener una hipótesis. Las razones explican lo que la acción significa para el agente, la relación entre razón y acción es gramatical, no empírica, es lo que hace inteligible la acción. El psicoanálisis se basa en la estrategia de ampliar la explicación intencional (propia de la psicología del sentido común, y que remite a creencias y deseos) a motivos no reconocidos por el agente (razones inconscientes), y luego teoriza sobre esos motivos con una teoría basada en las metáforas de la metafísica cartesiana y de la hidráulica. Esta estrategia hace inteligibles acciones antes no explicadas, y resulta bastante facil de aceptar por su parecido con la psicología del sentido común. La confusión entre razones y causas la explica Bouveresse: Freud trata la razón de una acción como una causa cuando supone que puede conjeturarse científicamente y confirmarse por la aquiescencia del sujeto que reconoce que tiene esa razón, y trata la causa como una razón cuando supone que las causas que buscan pueden conocerse de esa forma, que no tiene nada que ver con la forma en que la ciencia verifica sus hipótesis causales. Freud toma el consentimiento del paciente como confirmación de la explicación causal, y el disenso como indicador de una hipótesis desacertada o como resistencia del paciente. Esta confusión genera el círculo autoconfirmatorio en la sesión. En este sentido, el psicoanálisis propone una extensión de nuestra psicología ordinaria (atribuir intención inconsciente), pero no una genuina explicación de la acción humana, que sería causal y remitiría al contexto y la historia del sujeto. Una persona puede tener una razón para la acción, realizar la acción, y aún así que esa razón no sea su razón para la acción. Una buena razón para A puede no ser la causa de A. La conducta de dar razones se suma a la de actuar de diferentes maneras, no necesariamente causales. El caso más cercano al causal es la conducta gobernada por reglas. La concepción cartesiana propone a la mente como una cámara interior, amueblada de ideas que podemos describir como describimos el mundo externo. Lo que aparece en la cámara es inmediato e indudable, lo externo es inferido y sujeto a duda. Freud adapta esta concepción al lenguaje de su época, con fluidos, fuerzas y cantidades de energía. Wittgenstein critica esta concepción: no hay acceso privilegiado, porque se precisan de criterios externos para hablar de procesos internos, y el vínculo no es causal sino gramatical. Pero hay un privilegio gramatical: mi expresión sincera de términos psicológicos (yo creo, siento, deseo), si el contexto de conductas es apropiado, es el criterio para que otros me atribuyan el estado psicológico. No es que tengo conocimiento privilegiado, sino que si el contexto es adecuado y sé usar las palabras de sensación por ejemplo, ¨no puedo estar equivocado¨ (se aceptará lo que yo diga, tesis de incorregibilidad). No ocurre igual con emociones y actitudes: puedo equivocarme, confundirme o autoengañarme (no hace falta imaginarlo como dos personas dentro de mí, una engañando a la otra, simplemente insisto en pasar por alto lo que para otros es obvio, es un sesgo atencional más que un engaño). La concepción de motivos inconscientes desafía el privilegio gramatical, porque ocurrió un quiebre en la racionalidad (digo que quiero algo y hago lo opuesto). Pero en tal caso, no es necesario esencializar un objeto inconsciente, pulsión, representación o fantasía: basta con señalar una disposición estable para actuar que es contraria a los deseos que se manifiestan. Por ejemplo, a quien dice desear una pareja y suele boicotear sus relaciones, se le atribuye un deseo de evitar la intimidad, o temor a la pareja, aún si no lo reconoce. Sería un patrón de conductas consistente, aunque desconocido, y esta idea es similar a la de esquema no consciente. Los mecanismos de defensa son hábitos de pensamiento y acción. Así como no es necesario hablar de un dolor inconsciente porque su único sentido es ¨tiende a comportarse como si sintiera dolor¨, no es necesario hablar de deseo inconsciente ni de represión: se identifican los patrones de conducta y la inatención selectiva a ese patrón. En síntesis, la conducta humana tiene muchísimas causas e influencias que la persona desconoce, incluso sus propias conductas pueden ser desconocidas para la persona si no aprendió a reaccionar de cierta forma ante ellas. Pero esas causas desconocidas no son psíquicas en el sentido (cartesiano) en que lo plantea el psicoanálisis, y no hay que buscarlas en un lugar oculto e interno ("profundo") sino en la conducta, la emoción y el pensamiento, investigando sus regularidades, capacidades y dificultades. El reconocimiento del patrón de conducta no es una mera aceptación verbal sino más bien una transformación en la conducta global, una reducción del autoengaño, una intención consciente de cambiar ese patrón que implicitamente reconoce su existencia. No estaremos más seguros de encontrar la "razón verdadera", pero es posible construir nuevas razones para explicar las cosas y nuevas conductas alternativas a las que generan malestar.

No se propone la negación a atribuir estados psicológicos (envidia, celos, miedo, creencias y deseos, etc.) para explicar la conducta, sino el análisis del uso de los términos psicológicos (Wittgenstein, Ryle, Skinner). Los términos psicológicos son ambiguos y engañosos, y se usan de distintas maneras. Si atribuyo deseo infiriendo a partir de la acción (sé que tiene hambre porque está comiendo, sé que tiene bronca porque grita), el uso es disposicional, no refiere a algo fuera de la acción que la cause sino que califica a la acción (come con hambre, grita con bronca), y sobre todo no explica la conducta (la explicación es circular si no remite a un evento que se defina con independencia del efecto). Pero también puedo llamar deseo a la conducta de imaginar algo como gratificante (me imagino tomando sol en el Caribe), a la percepción de un evento privado (sensación de hambre) o a la conducta verbal de expresar un deseo (decir ¨me tomaría un helado¨, puede ser una conducta respondiente u operante), en tal caso el deseo puede ser causa o no según sus relaciones con otras conductas, a la vez que debe explicarse (no es causa iniciadora) por otra causa previa (la situación, la historia de la persona). Lo mismo pasa con la creencia: en algunos casos se usa como metáfora (actúa como si creyera que…), como disposición (creer en algo no implica que se esté pensando en eso, Wittgenstein dice: creí que esta silla me sostendría, es decir nunca pensé que se rompería), o para calificar una acción, mientras que otras veces refiere a una conducta de expresión verbal o de imaginación. En todo caso, a partir del término psicológico habrá que encontrar el sentido con el cual se usa y las relaciones funcionales pertinentes. En cuanto al uso para calificar la acción, una acción puede describirse desde distintos niveles según la inclusión de sus efectos (por ejemplo apretó el gatillo y la bala lo mató, lo mató disparando con un arma) como parte de la intención, pero aún siendo posible puede no ser cierta (voy a la puerta y voy al norte, pero no es cierto que intento ir al norte y sí que intento ir a la puerta). Puedo tener la razón para hacer algo y hacerlo, y aún así no hacerlo por esa razón. Que una razón sea causa es un caso particular de muchos posibles, y hay que investigarlo. El psicoanálisis propone a veces una visión omni-intencionalista y racionalista del hombre. No hay negligencia (provocar un efecto sin intención pero con descuido), no hay error (intentar algo y no lograrlo), no hay consecuencias no intencionales de la acción, todo se subsume en intenciones inconscientes. Se podría resumir como la falacia ¨si la acción tiene como efecto P, tiene la intención de P (lo acepte o no el agente)¨.

   

 

3.7. La idea de las instancias del aparato psíquico.

 

Ya hablamos del error de considerar el psiquismo, la mente o la conciencia como un lugar o una cosa. Es también un error el negar su existencia, negarse a atribuir términos psicológicos. Como dice Wittgenstein, la mente no es un algo, pero tampoco es una nada. Se entiende mejor cuando ampliamos nuestras categorías sobre las palabras, y nos damos cuenta de que no siempre las palabras refieren a cosas. A veces refieren a propiedades de otras cosas, o a cambios, de los que se puede decir que están ocurriendo o no en determinado momento. La conducta es un caso así. Pero en otros casos no referimos a un evento ocurrente o no, sino a una capacidad de ocurrir. Puedo decir que alguien sabe inglés, incluso si está durmiendo o está hablando español, y me refiero a que tiene una capacidad, no a un evento actual. La conciencia no es un lugar sino una capacidad. Ni siquiera es ¨algo que ocurre en el cerebro o en una de sus partes¨, como si hubiera que ubicarla en algún lado, aunque es cierto que el cerebro es necesario para la capacidad de conciencia. En vez de ubicarla en el espacio (lo que implicaría que es un lugar o cosa), al considerarla una propiedad se ve que es predicable de una persona u organismo como todo (no de su cerebro), y es una propiedad relacional (implica ser capaz de ciertas conductas respecto a ciertas situaciones, por ejemplo de describir si me preguntan o de reaccionar si me gritan) y disposicional (implica ser capaz si ocurren ciertas condiciones, y no necesariamente en el momento en que se predica).

Una vez aclarado el tema de la mente como capacidad en vez de como lugar, a qué se refieren las instancias o provincias psíquicas? Se pueden clasificar las capacidades de acuerdo a algún criterio. Así se suelen distinguir capacidades sensoriales, motoras, volitivas, afectivas, cognoscitivas, mnémicas, etc. La clasificación será de utilidad o no según el caso. La distinción Yo-Ello-Superyo marca sobre todo la tensión entre deseos egoístas y exigencias sociales. La distinción es válida como una más, pero conlleva el riesgo de tomar las instancias como homúnculos, pensar que se explica cuando sólo se describe (sólo se da un nombre nuevo: un superyo débil no explica la escasa culpa, pues esto último es el criterio que define un superyo débil), pensar que existen en forma estable (sólo se puede distinguir las ¨instancias¨ cuando las conductas tienen contingencias de reforzamiento contradictorias). Esta ¨ficción cómoda¨ lleva a que dejemos de observar y explicar efectivamente. La explicación de las instancias cae con frecuencia en posiciones esencialistas (por ejemplo al explicar las diferencias entre los géneros por la resolución del complejo edípico). Para dar un ejemplo del esencialismo de género y negación de lo social, cito a Dolto: ¨El Yo de las mujeres es en la mayoría de las ocasiones de las ocasiones más débil que el de los hombres. Su superyo es rudimentario (salvo en los casos de neurosis). Es porque no tiene superyo -porque lo tiene menos- por lo que la mujer aparece llena de gracia, es decir, de presencia. Obsérvese como el niño, que no tiene superyo, está también lleno de gracia¨. El desarrollo de la conducta moral se explica mejor teniendo en cuenta las normas del contexto social (Bandura) y los procesos de aprendizaje (refuerzo y castigo, modelado, autocontrol, reglas verbales).

   

 

3.8. Una mitología poderosa.

 

Dice Wittgenstein que el psicoanálisis es una mitología poderosa, de la cual es dificil desembarazarse. Señala que, a pesar de que según Freud sería muy dificil que la gente acepte su teoría, fue más bien al revés: la teoría sedujo casi de inmediato y se volvió parte del sentido común popular. Lo que hay que explicar no es la resistencia sino la seducción que ejerció el psicoanálisis en el siglo 20. Wittgenstein se pregunta las razones de esta seducción. Por un lado señala que es una ampliación del sentido común (ver razones y causas), por otro es similar a muchos mitos que se encuentran ampliamente esparcidos en la cultura. Uno es el mito de la ¨intencionalidad oculta¨ en el que se basan las explicaciones animistas, el misticismo religioso o las teorías conspirativas tipo Expedientes X: algo oculto nos domina y dirige todo lo aparentemente irracional o azaroso, la realidad es un texto a descifrar para hallar esas razones secretas, hay una verdad oculta y revelarla nos liberará de su dominio. Otros son los clásicos mitos de la concepción cartesiana (los homúnculos, el aparato psíquico como lugar, la oposición entre el alma agencial y los mecanismos deterministas tipo máquina, etc.). Van Rillaer agrega otras razones, algunas de ellas especulan en relación al contexto histórico en que surge el psicoanálisis. 1) Freud habló de sexualidad en una época de mucha represión sexual, y por este factor su teoría adquirió popularidad rápidamente. 2) Es una teoría con aspecto científico que permite explicar cualquier fenómeno, no importa cuan complejo sea, lo cual es muy atractivo para adoptar como ideología (pero muy distinto de una teoría rigurosa). 3) Posee rasgos similares a la religión (fe en lo invisible, apelación a la autoridad y las escrituras, ritos de iniciación, ortodoxias y herejías), ocupa el lugar de una ¨religión laica¨ en un período histórico de crisis de las religiones. 4) No menos importante es el tono literario de Freud: su libro sobre los sueños, dice Van Rillaer, es tan apasionante como Los cuentos de las mil y una noches, se presenta como el ¨Abrete sésamo¨ de la maravillosa caverna simulada en los repliegues del alma. 5) Por último, ciertamente no todo en la teoría es falso, pero los datos más válidos (por ej. las trampas del amor propio, la importancia del lenguaje, la relevancia de los vínculos

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Els cafès filosòfics segons Oscar Brenifier

La veritat és que el site de Brenifier és una autèntica mina, llàstima que el francès se'm resisteixi tant, llegir-lo encara, però hi ha una consulta feta en francès que no entenc res. M'hauré de posar a estudiar francès, doncs.

Bé, us copio un escrit de Breniffier que parla dels cafès filosòfics, està traduït pel nostre amic Gabriel Arnaiz, la traducció és al castellà. Encara que en Gabriel té arrels catalanes, va néixer a un poble d'Alacant, no sé ben bé quin i diu que encara se'n recorda alguna coseta del català. Des d'aquí Gabriel, et comminem a que facis alguna traducció d'en Benifier al català.

LOS CAFÉS FILOSÓFICOS

Óscar Brenifier

(Traducción y notas de Gabriel Arnaiz, gabriel.arnaiz@gmail.com)

Introducción

Desde hace nueve a diez años ha aparecido un extraño fenómeno en Francia cuyo desarrollo continúa todavía a lo largo de estos meses: me estoy refiriendo al café filosófico. Existen ya más de ciento cincuenta cafés filosóficos diseminados a través de todo el territorio galo donde se reúnen individuos de todas las edades y condición para debatir sobre cuestiones como la existencia, el amor, la muerte, el deseo, la palabra, el poder o la modernidad. En el seno de la institución filosófica, se ha desatado una agitada polémica entre los profesores sobre la naturaleza de este fenómeno. Algunos filósofos se han implicado en esta nueva práctica filosófica, participando activamente y animándose a organizar este tipo de debates, pero la mayoría ha adoptado más bien una actitud de distanciamiento y desdén, o ha preferido atacar duramente este tipo de eventos. A estos profesores, el adjetivo “filosófico” les parece totalmente inapropiado para un ejercicio que fundamentalmente sigue siendo una “charla de café”. El autor de este artículo, filósofo de formación, se encuadra desde hace bastantes años en esa nebulosa de los cafés filosóficos, e intenta dar cuenta de este fenómeno social que ha arraigado en todo el territorio francés, con algunas incursiones aquí y allá, principalmente en otros países francófonos.

Historia del café filosófico

El aspecto más impresionante de este fenómeno reside en su espontaneidad, pues tanto su creación como su desarrollo son más bien producto de circunstancias fortuitas y autónomas que de una decisión concertada y organizada. También debemos mencionar el papel de los medios de comunicación, puesto que gracias a su atención, los cafés filosóficos se convirtieron rápidamente en un fenómeno “de moda”. En 1992, Marc Sautet, profesor de filosofía en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de París, durante una entrevista en la radio, contó como algo anecdótico que se reunía con unos amigos para filosofar cada domingo por la mañana en un café de la plaza de la Bastilla, en París. Cuál sería su sorpresa el domingo siguiente, cuando comprobó cómo acudían numerosas personas, deseosas de participar en ese tipo de discusiones informales. Semana tras semana, el número de asistentes iba en aumento, por lo que se hizo necesario buscar algunas reglas básicas de funcionamiento, con el fin de que este tipo de aglomeraciones no se transformase en una algarabía cacofónica. El café filosófico había nacido. Desde 1995, otras dos o tres experiencias, motivadas por iniciativas personales más o menos calcadas de la primera, vieron la luz en la capital francesa. Fue entonces cuando la prensa comenzó a prestar atención al fenómeno, lo que suscitó poco a poco numerosas vocaciones espontáneas, hasta llegar a la situación actual.

El principio de creación de los diversos cafés filosóficos descansa generalmente sobre la iniciativa de un individuo, ya sea porque (1) éste ha participado previamente en una actividad de este tipo durante una estancia en París o en otro lugar, o (2) porque no existe ninguna actividad de este tipo en su región, o simplemente (3) porque siente el deseo de ponerse él mismo manos a la obra, o incluso (4) porque ha escuchado hablar de este tipo de eventos en la televisión o en la prensa y ha decidido probar suerte. Los organizadores de este tipo de debates son, en la mayoría de los casos, personas que sienten una vocación de tipo intelectual y también una vocación de tipo social. Algunas iniciativas más estructuradas, vinculadas fundamentalmente a localidades o a municipios de tamaño mediano o pequeño, se han lanzado igualmente a promover estas actividades, comprometiendo a un “animador” -generalmente un profesor de filosofía- para arbitrar las discusiones.
Desde el comienzo del boom, principalmente en la región parisina, donde se organizaron los primeros filo-cafés, la mayoría de los profesores adoptaron una actitud inicial de rechazo, negando el calificativo de “filosófico” a este tipo de encuentros. La opinión dominante en estos ambientes se resume con la frase siguiente: “Existen lugares donde poder filosofar, y el café filosófico no es precisamente uno de ellos. Yo, por mi parte, jamás pondría el pie en un sitio como ése”. Los mass media más populares, como la televisión, promovieron este tipo de actividades, mientras que las revistas más elitistas, como Le Monde de l´education o Le Magazine Littéraire, decidieron rechazar el naciente movimiento. Esta oposición contribuyó a profundizar la brecha entre estas dos tendencias. En consecuencia, la mayor parte de los primeros animadores carecían en realidad de una profunda formación filosófica, lo que justificó aún más la apariencia formalmente no-filosófica de los cafés. Este fue el caso de París y de otras grandes ciudades. En otros lugares, la situación fue un poco diferente, pues la oposición a priori entre las dos facciones parecía estar más atenuada, según disminuía el tamaño de las ciudades implicadas. Por otra parte, este rechazo de la filosofía oficial favoreció la libre expresión en los cafés de una tendencia que podríamos calificar de “poujadismo filosófico”. Aproximadamente, el credo de esta perspectiva se podría resumir así: “La verdadera filosofía se encuentra en la vida y en la sinceridad, más que en los viejos libros y en teorías falsas”. Fue entonces cuando diversas tendencias de tipo psicológico, sociológico, espiritualista, político y de otro tipo, se sumaron fácilmente a un terreno, previamente abonado por el rencor (bastante extendido, por otra parte) contra los profesores de filosofía.

Espíritu y funcionamiento del café filosófico

Las reglas generales del café filosófico, ésas que se encuentran prácticamente en todos los lugares que ostentan ese mismo nombre, son extremadamente simples y limitadas en número. (1) Cada persona hablará cuando sea su turno, levantando la mano para pedir la vez; turnos que serán concedidos por el animador del café según un orden definido, aproximadamente, según el momento de la petición. (2) Está terminantemente prohibido interrumpir a quien esté haciendo uso del turno de palabra. Únicamente el organizador podrá limitar el tiempo de los discursos, o volver a centrar el desarrollo del debate, o explicar una proposición demasiado enrevesada, etc. Pero lo que nunca debería hacer es intentar usar su posición de autoridad relativa que le ha sido concedida por el grupo para imponer cualquier tipo de visión personal. El más mínimo intento de ostentación de la verdad por parte del animador le perjudicaría y desacreditaría. Desde luego que tiene derecho a una cierta subjetividad, pero su función debe ser primordialmente la de un árbitro, y en todo momento deberá dar pruebas de una gran capacidad de escucha y de análisis. Por muy elementales que sean estas reglas, constituyen un verdadero desafío con respecto al modo habitual de diálogo que se practica habitualmente en Francia. No hay más que escuchar los debates políticos o culturales de la televisión o de la radio para darse cuenta de ello. Incluso aquellos artículos de revistas que cuestionaban la naturaleza filosófica de estos debates de café, reconocen en su mayoría el éxito de éstos en cuanto al respeto al otro y a la tolerancia manifestada en este tipo de intercambios. Lo que demuestra ya de por sí una excelente práctica de educación cívica.

La naturaleza y el funcionamiento de los cafés filosóficos varían en función de los animadores y de los participantes. Pero antes de analizar las diferentes modalidades, retomemos las reglas elementales que acabamos de describir e intentemos delimitar en qué medida son portadoras de “contenido filosófico”. ¿Estamos estableciendo simplemente las bases de una discusión civilizada? ¿Puede este marco de actuación concreto suscitar mejor la reflexión filosófica? Sea cuál sea la cuestión elegida como tema central para cada uno de estos debates -determinado por el animador o por la mayoría del grupo-, cada persona lo tratará a su manera, según sus capacidades, de forma similar a cómo lo aborda cuando discute en otro tipo de foros. Sin embargo, el hecho de esperar el turno de palabra, de respetar la palabra de los otros, de escuchar la opinión de otra persona hasta el final, incluso si ésta nos molesta -pero sobre todo si ésta nos molesta-, provocará definitivamente efectos particulares en los participantes.

Lo que sí está claro es que en esta multiplicidad que se expresa en que consiste el café filosófico, cada uno de los participantes no puede agotar el tema que se está tratando, y a veces -como lo indica la impaciencia por hablar que se produce en determinados momentos- unos y otros están más preocupados por su próxima intervención personal que por el encadenamiento de los diferentes discursos. Pero esto no impide que, a pesar de los diversos factores que limitan la comprensión -ya sea por falta de concentración o por cerrazón mental-, el proceso en el que durante dos horas se suceden las interpretaciones y los análisis más diversos sobre un mismo tema, promueva la dialectización del tema en cuestión y permita que puedan surgir diversas problemáticas. Y mucho más si algunos discursos parecen algo autistas, a pesar de que puedan albergar ciertas intuiciones interesantes. Por el contrario, otras personas, se hacen cargo de la situación e intentan responderse mutuamente, en una búsqueda desesperada por encontrarse.

Es cierto que existe un punto de partida en todo este asunto que nos remite a Sócrates, a su comportamiento y a su concepción de la mayéutica. La hipótesis de base de la que se parte es la creencia de que el espíritu humano es algo fundamentalmente creativo; la creencia de que nuestra alma es una “chispa divina” que está “preñada” de unas ideas que habrá que “dar a luz” para que adquieran una “forma” determinada. Ideas que, una vez “alumbradas”, podrán tener la “forma” de un “aborto raquítico” o de un “bebé rollizo”. El factor principal que permite “dar a luz” a estas ideas se encuentra principalmente en la conmoción que nos genera la palabra del otro, a pesar de que la persona experimentada en este tipo de ejercicios, sepa en parte recrear él mismo esta situación de “shock” permanente. Se trata, pues, de inducir un estado mental en el que “la evidencia” no tenga ninguna razón de ser, puesto que al confrontar las diversas perspectivas que la ponen en cuestión, al aceptar el cuestionamiento que éstas implican, nos demos cuenta de la fragilidad de nuestra “evidencia”, siempre y cuando ésta no sea el producto de la mala fe. El principio fundamental de esta práctica consiste, pues, en aprender a pensar lo impensable. Este mecanismo permitirá que pueda rebasarse el “estadio de la opinión”, estadio reprimido por la crispación anterior, la cuál impedía que pudiese salirse de él.

A esta visión de las cosas se opone la concepción aristotélica de la tábula rasa. Si como dice el estagirita, la mente es una tabla sobre la que se inscriben los pensamientos, entonces éstos no surgen mediante un proceso de creación intrínseco, sino que provienen del exterior. Ahora bien, la tradición occidental clásica de la enseñanza de la filosofía, en la que la clase magistral sigue siendo el principal instrumento de la enseñanza, es más bien de inspiración aristotélica. Por otra parte, si el café filosófico merece tal calificativo lo será en la medida en la que se acepte la idea de que la filosofía es más bien un tipo de propedéutica, una “puesta en práctica” de un cierto estado mental, y de una metodología que podríamos denominar dialéctica. Por supuesto, si primamos el aspecto erudito y academicista del discurso, se le puede negar al café su estatus filosófico, puesto que la mayoría de los discursos que en ellos se desarrollan carecen del conocimiento de los autores y de los conceptos “autorizados”. Así, sean cuales sean las opciones filosóficas de unos y de otros, se puede mantener una discusión sobre lo que sucede en estos cafés y sobre las condiciones de este tipo de práctica filosófica, pero no vemos ningún argumento sólido con el que se pueda decretar la imposibilidad de filosofar en un café o en cualquier otro lugar público.

Diferentes modalidades de cafés filosóficos

Como ya hemos indicado anteriormente, la naturaleza de lo que suceda en un café filosófico depende principalmente del animador que esté a su cargo, más que de los participantes que tomen parte en él. Por una parte, porque es él quien establece las reglas del juego, y por otra, porque generalmente es también él, con su estilo particular, quien determinará el tipo de exigencia filosófica que se mantendrá durante el debate. El animador “minimalista” se contentará con (1) organizar la elección del tema -determinado por las personas que estén presentes-: les pedirá que propongan los temas a debatir y procederá a la votación, y (2) distribuirá la palabra, manteniendo un simple papel de árbitro, regulador del turno de palabra y del tiempo de cada uno. El mantenimiento de la calidad de la discusión dependerá en gran medida de los participantes y de su capacidad individual de hacerse cargo de ella. El animador más activo, más presente, podrá (1) determinar él mismo la elección del tema a debatir en función de lo que él considere como más interesante, y fundamentalmente (2) intervendrá en la discusión de diferentes maneras con el objetivo de señalar las problemáticas más interesantes.

Aquí presento algunos procedimientos a través de los cuáles el animador del café filosófico intentará que se adquiera un cierto nivel filosófico durante el debate.

En primer lugar, solicitará que sean aclarados los discursos que le parezcan confusos o de difícil comprensión.

En segundo lugar, propondrá a quién se haya extendido excesivamente en su discurso, que formule una conclusión en la que de forma concisa se resuman sus palabras. Debe evitar formular él mismo la explicación o la conclusión en lugar de la persona en cuestión. Si dicha persona parece que tiene dificultades para resumir su propio discurso, y si finalmente el animador se decide a ello, se hará siempre, por supuesto, con el beneplácito del propio participante y con su posterior aceptación de la formulación de sus palabras por parte del animador.

En tercer lugar, incitará a los participantes a ir más lejos en su pensamiento, formulándoles preguntas o planteándoles alguna objeción a su argumentación. Este recurso deberá, mediante un “proceso anagógico”, conseguir que el participante progresivamente tome conciencia de su propio pensamiento y que sea capaz de expresar los pre-supuestos sobre los que se basa su discurso y que hasta entonces estaban latentes.

En cuarto lugar, comparará las diversas proposiciones expresadas por distintos participantes, en la medida en la que este modo de contemplar la problemática permita establecer conexiones y vínculos insospechados.

En quinto lugar, reformulará periódicamente las aportaciones según vayan surgiendo y modificándose a lo largo del debate. Lo que no deberá impedirle sugerir una o dos posibles líneas de reflexión.

En sexto lugar, podrá relacionar las problemáticas que hayan surgido a lo largo del debate con aquellas formuladas con anterioridad por ciertos filósofos consagrados, con el fin de dar más seguridad a los participantes, de animarles en su indagación personal y como medio para proporcionarles ciertos elementos de la “cultura filosófica”, y subrayar así los momentos más destacadas de la discusión.

El conjunto de todas estas intervenciones exige muchas cualidades de parte del animador. Por un lado, debe tener (1) una gran amplitud de miras, por otro, (2) una cierta cultura filosófica y (3) una capacidad de ponerse en el lugar del otro, tanto para (3.1) interpretar las problemáticas que vayan expresándose, como para (3.2) explicitar los temas que vayan surgiendo, o para (3.3) darles un tratamiento más pedagógico, vinculando el concepto al que hagan referencia con las experiencias vividas por los presentes. En este sentido, no estoy muy seguro de que la formación tradicional de los profesores de filosofía sea suficiente como para satisfacer todas estas condiciones. Aquellos que son capaces de realizar todas estas tareas de forma satisfactoria lo consiguen por razones que sólo ellos conocen.

Como ya hemos indicado en apartados anteriores, el café filosófico es un concepto general en el que la práctica particular depende en gran medida de la persona que lo dirija. La autonomía de cada café particular deja, por otro lado, mucho espacio a la iniciativa personal. Por estas razones, han surgido últimamente un gran número de diferentes modalidades de cafés, que pasamos a comentar de forma sucinta.

Dejando a un lado el tipo de café que nosotros acabamos de describir, han aparecido también los (1) talleres (ateliers), que se celebran en un café, o una biblioteca, o una sala común, o en otros entornos. (1.1) Ciertos talleres trabajan con textos de autores, basándose en el mismo principio mayéutico y utilizando el texto de ese autor como un pretexto para que surjan diversas problemáticas. El animador deberá aquí añadir a su conocimiento del texto en cuestión, un sentido especial de ese arte socrático en la formulación de las preguntas que posibilite el trabajo en grupo. (1.2) Otros talleres utilizan el principio del “arte de preguntarse mutuamente” (questionnement mutuel) entre los participantes con el fin de profundizar en un tema dado. En este caso, se trata de distinguir una visión particular de un problema de las preguntas que pueden plantearse a propósito de esa interpretación. Cada uno de los participantes propone una serie de preguntas, iniciándose ellos mismos en la función animadora de la práctica mayéutica.
(2) Otras propuestas consisten en solicitar a (2.1) los participantes la preparación de una pequeña introducción para el debate posterior con el fin de que trabajen un poco el tema a tratar y con el objeto de contar desde el principio con un número mínimo de conceptos claves. Este rol también podrá ser asumido por (2.2) el animador, para evitar ese tipo de discurso contundente que puede impedir o dificultad desde el comienzo toda discusión. (3) Otras opciones incluso estructuran de manera específica el funcionamiento del café, distribuyendo las tareas entre tres personas, cada una con un cometido diferente: (1) el animador, (2) el moderador (encargado de regular los turnos de palabra) y (3) el secretario (encargado de resumir el contenido de los debates). En artículos posteriores intentaremos desarrollar las ideas metodológicas que aquí sólo nos limitamos a esbozar.

Ciertas variantes más particulares del café filosófico utilizan el recurso de (4) una película (que se proyecta en un cine, o en una sala acondicionada para la ocasión y con un reproductor de vídeo) con el propósito de generar un debate. Y lo mismo puede organizarse en un (5) teatro, después de una obra teatral, en la que el director de escena y los actores sean invitados a participar en un debate. O incluso con personas invitadas que intentarán, desde su (6) ámbito profesional específico, como el de la justicia, el arte o la enseñanza, iniciar un debate filosófico con los participantes. Otro ejercicio práctico, más difícil que los anteriores, consiste en propiciar debates con (7) jóvenes problemáticos con dificultades educativas y sociales. Esta modalidad de cafés filosóficos, por su particularidad específica, se aproxima más al ámbito de la psicología que al de la filosofía, por su semejanza con las terapias de grupo. (Algunos centros de enseñanza ubicados en zonas desfavorecidas y a los que deben hacer frente los profesores de filosofía, se corresponden completamente con esta descripción). (8) Finalmente, y siempre dentro del ámbito de influencia de los cafés filosóficos y compartiendo su mismo espíritu, se han creado alrededor de ellos un cierto número de revistas, escritas por sus lectores, y programas radiofónicos en emisoras de radio locales.

Conclusión

Se pueden ofrecer múltiples razones para explicar el surgimiento de este ansia “por filosofar” entre nuestros conciudadanos. A mi juicio, los dos factores que más rápidamente se pueden identificar y que han desestabilizado nuestro sentido de identidad, son por un lado, (1) el descrédito de los grandes ideales y de las grandes ideologías, tanto políticas como religiosas, y por otro, (2) la crisis económica con sus desastrosas consecuencias sociales. Hay que reconocer también que (3) los cafés filosóficos se han puesto de moda. Muchas personas acuden una sola y única vez a un café filosófico con tal de poder contar a sus conocidos que han puesto el pie en uno de esos extraños lugares de reflexión. Pero también es innegable, como lo ponen de manifiesto la seriedad con la que acuden un buen número de participantes, que en todo este movimiento parece existir algo realmente sólido. ¿Cuánto tiempo durará este fenómeno y en qué se convertirá? Es difícil responder a esta pregunta. Pero, ¿es éste el verdadero problema del filósofo? Parece que su responsabilidad (si es que pensamos que su función implica algún tipo de responsabilidad) consiste más bien en responder a esta demanda, sin preocuparse de su legitimidad o de su facticidad. Quizás lo que deba hacer el filósofo sea más bien proporcionar esa legitimidad que tanto necesita una demanda bastante poco segura de sí misma. En todo caso, el filósofo no puede ignorar la época en la que vive y refugiarse en su torre de marfil, sobre todo si esta época pone a prueba seriamente el mismo hecho de filosofar. En un universo cada vez más asfixiado por los valores pragmáticos y utilitaristas, la filosofía corre el riesgo de permanecer recluida para siempre en las clases y en las bibliotecas, o incluso de ser completamente abandonada por su falta de eficacia y funcionalidad. Y eso sería todavía peor. Ahora bien, hasta el momento, nuestra materia ha sufrido numerosas conmociones, y si todavía permanece viva es fundamentalmente a causa de ellas. El advenimiento del idealismo platónico, el abandono cartesiano de las autoridades, el giro copernicano de Kant o la sospecha nietzscheana son etapas en ese largo camino del pensamiento humano. Ninguna de las etapas anteriores era previsible antes de que sucediesen. Estas etapas no representan más que la oportunidad de un esfuerzo dialéctico, rechazado por unos y alentado por otros. Veinticinco siglos más tarde, se nos está pidiendo que regresemos a las fuentes originarias, a la docta simplicidad de Sócrates. ¿Por qué no arriesgarse? La filosofía no tiene nada que perder. Debemos intentarlo con todos los medios a nuestro alcance.

ÓSCAR BRENIFIER es doctor en filosofía, autor de numerosos artículos sobre diversas prácticas filosóficas, orientador filosófico filosófico, formador de “talleres de filosofía y filosofía para niños” por todo el mundo (Francia, Noruega, Persia, Rusia, Mali,…), director de la revista “Diotime-L´Àgora” sobre didáctica de la filosofía, escritor de libros de divulgación filosófica para niños (colección “PhiloZenfants”) y para jóvenes (colección “L´apprenti philosophe”), fundador de la revista filosófica para todos los públicos “Le Vilain Petit Canard”, animador de cafés filosóficos, … y padre de tres hijos preciosos.

 

 

 

 

 

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